domingo, 27 de abril de 2008

La directora

En Oviedo las grandes empresas no abundan, esto es una ciudad pequeña, que gusta de un ritmo pausado. Aun así algunas hay, y en ellas trabajan mujeres con ansias, y deseos, en ocasiones mal satisfechas. Vicky, Victoria para sus subordinados, es una de esas mujeres. Durante años se ha forjado una impresionante carrera a base de esfuerzo y tesón, lo que por desgracia parece ser incompatible con una vida familiar. Ella siempre dice que no se ha arrodillado ante un hombre jamas, pero no lo dice con la autoridad de quien se reafirma en sus palabras, sino con la tibieza de quien empieza a creer que se ha equivocado de principios.
Durante algunos meses coincidimos en varias ocasiones, lo que no es sino un eufemismo para decir que fui reclamado por ella en varias ocasiones, siempre a la casa que la empresa había puesto a su disposición, pues ella, como yo, no es de aquí, si bien no parecía añorar su cosmopolita Barcelona.
La última vez que nos vimos fue en su despacho. Me sorprendió su llamada muy temprana, y me citó en su despacho con vistas al Parque San Francisco.
Acudí puntual a la cita y pude descubrir como era el sitio en el que trabajaba, y contemplar al fin como era físicamente la secretaria de Vicky, pues en más de una ocasión ella me había insinuado, en medio de una de nuestras fiestas de sexo a altas horas de la madrugada, que no le importaría hacer un trio con ella.
La joven, pues no podía haber superado la barrera de los veinticinco, no es especialmente alta si bien los zapatos de tacón le ayudan bastante a disimular, su cuerpo es proporcionado, sus curvas generosas pero sin excesos, de los que no soy partidario, su actitud desenvuelta y muy desenfadada, propia de alguien de su edad, de hecho se permitio mirarme de arriba a abajo sin ningún pudor, y he de reconocer que a pesar de estar acostumbrado a ello me sentí un poco intimidado.
Vicky tan pronto como supo que había llegado salió a buscarme, y me llevo hasta su despacho, dentro del cual cabría casi todo mi apartamento, y eso que mi apartamento no es uno de esos minipisos, no sin antes comunicarle a su secretaria que no nos molestasen, pues tenía que hacer una llamada importante, y tratar de algunos asuntos importantes conmigo.
Pensé que le había dicho aquello a su secretaria para darnos más tiempo de intimidad antes de que alguien se diese cuenta de lo que ocurría, por eso me extraño verla buscar entre sus papeles una gruesa agenda de tapas de piel.
"Cariño, ahora a que vas a ser bueno y vas a hacerme muy feliz, mientras trato de unos asuntos con un señor", fue la única indicación que me dio mientras tecleaba en su teléfono inalámbrico un número.
Dado que me costaba comprender lo que esperaba de mí tuvo que recurrir a los gestos, mientras comenzaba una conversación telefónica a la que, por aburrida, no presté mucha atención.
Se sentó en su sillón giratorio de piel, se subió la falda hasta el límite de sus posibilidades, y me enseñó que no llevaba nada debajo, salvo la mata espesa de vello rubio, que en más de una ocasión me había ofrecido a depilarle. Y con un gesto de su dedo me hizo comprender que mi sitio estaba entre sus piernas.
Así pues, mientras ella negociaba por el teléfono, yo deslizaba mis dedos, procurando que tuviesen el fino tacto de una pluma, por el tejido de sus medias hasta sus muslos.
En ese instante he de reconocer que tuve un pequeño brote de maldad, y se me ocurrió que tal vez lo que haría verdaderamente inolvidable aquella cita era lograr que ella tuviese que colgar el teléfono al no poder controlarse.
Así pues me puse a la tarea, deslizado mis labios por entre los suyos, haciéndole sentir el cosquilleo de mi aliento, mientras mis dedos la desprendían de su caros zapatos de firma. Al tiempo que lo hacia empecé a concentrarme en su rostro, pues no quería perderme su transición.
Al principio ella parecía completamente ajena a mis caricias, pero a medida que me iba concentrando más en su clítoris ya no fue capaz de hacerlo, incluso procuró ponerse cómoda, para lo cual optó por subir los pies sobre la mesa y colocarse lo más al borde posible del sillón.
Averiguar cuál es el ritmo indicado para cada mujer es algo que no le debe pasar inadvertido a quien, como yo, desea ser recordado como un gran amante. Uno debe concentrarse en los gestos, en los susurros, en los más mínimos detalles, pues las mujeres se delatan con facilidad cuando están disfrutando de verdad. Así por ejemplo yo sabía que lo que más le gusta a Vicky son mis dedos y la habilidad que estos tienen para encontrar esa pequeña rugosidad que oculta en su interior, la cual, bien estimulada la lleva siempre a un delirio que ella nunca antes había gustado de sentir con toda su intensidad, pues cuando yo insistía en llevarla hasta el final ella siempre me detenía afirmando que no iba a ser capaz de resistirlo.
Vicky, que es una mujer de un fuerte carácter, capaz de llegar siempre un poco más allá de lo que llegarían los demás, tan pronto como se dio cuenta de cuál era mi intención me dirigió una mirada cargada de odio, pero lejos de colgar el teléfono, y de echarme del despacho, prefirió darme a entender que ella podría más que yo, y que no iba a lograr mi cometido.
Para llevar a cabo esta practica es necesario estimular a conciencia el clítoris de la mujer pues cuando esté se dilata hace que esa pequeña rugosidad se vuelva perceptible, lo cual me obligaba a entretener mi lengua, durante unos minutos, en juguetear con la parte más externa de su feminidad.
Lentamente mi esfuerzo empezó a surtir efecto, pues cada vez le costaba más seguir la conversación, e incluso en una ocasión tuvo que tapar con la mano el auricular por el temor de que se le escapase algo. Sabiendo que lo estaba logrando, redoble mi ataque, introduciéndole dos dedos a la búsqueda del tesoro, mientras continuaba incansable satisfaciendola oralmente.
Unos segundos después supongo que dio por finalizada la conversación, pues pude percatarme de que el teléfono volaba por el despacho cayendo sobre el sofá.
Temí que como había ocurrido en otras ocasiones me detuviese, pero en esta ocasión una feliz coincidencia lo impidió, pues justo cuando ella estaba a punto de apartarme de su lado entró la secretaria, seguramente al haberse percatado del final de la conversación telefonica, pillándola totalmente desprevenida, y dandome los segundos precisos para terminar mi trabajo, que fue bien recompensado, pues pude comprobar en mi propio rostro que es cierto que algunas mujeres pueden llegar a correrse.

Al día siguiente la llamé a su despacho disimulando la voz para que su secretaria no me reconociese, y cual no sería mi sorpresa cuando la chica que me atendió el teléfono me comunico que tanto Vicky como su secretaria habían tenido que ausentarse unos días, pues pretendían controlar en situ el funcionamiento de algunas de las delegaciones de la empresa. Por desgracia no he vuelto a saber de ella, supongo que aun le dura la luna de miel.

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