martes, 29 de abril de 2008

La corredora

No me tengo por un gran deportista, pues no lo soy. Disfruto como todo el mundo con un paseo por el campo, o incluso, a veces, me entretiene el encerrarme algunas horas en el gimnasio. Ahora bien eso de hacer algo de forma monótona, un día y otro, no va conmigo, es más, si no fuese porque este diario fue escrito hace meses, seguramente no me atrevería a intentar el esfuerzo de sacarlo adelante con cierta frecuencia. Qué no se me entienda mal, admiro a quienes tienen esa fuerza de voluntad, como Vanessa. Ella se levanta todas las mañanas a las cinco para salir a correr por los alrededores de Oviedo, da igual que llueva o incluso que nieve, su devoción por el deporte es encomiable. Hace unos días, mientras compartíamos confidencias entre las sabanas de su enorme cama, proporcionada a su propietaria, pues ella mide casi uno noventa, me comentó que cuando era joven, y competía de forma profesional conoció a un joven que compartía su afición por el atletismo. Al parecer una mañana salieron a correr más temprano de lo habitual, y por algún motivo que no me quiso explicar se estableció entre ellos un pique, lo que les requirió un esfuerzo físico muy superior al habitual. Parece ser que después de la carrera, en medio del campo, disfrutaron de un polvo bestial del que todavía guarda un gratísimo recuerdo, tanto que se ha convertido en una especie de frustración personal pues no ha logrado engatusar a nadie para repetir semejante hazaña. Como ya he dicho por adelantado no soy un atleta, me mantengo en un nivel saludable pero no me considero un deportista, aun así, como creo haber dejado patente en alguna ocasión jamás me he arrugado ante un reto, así pues decidí aceptar su ofrecimiento, pues aquella conversación no era sino eso un ofrecimiento, para alcanzar de nuevo "el orgasmo bestial", como gusta de calificarlo.

Después de haber aceptado me metí un rato en Internet para averiguar si lo que ella decía podía ser verdad, y descubrí que muchos deportistas habituales han hecho mención a esa situación, parece ser que al acabar una carrera están tan llenos de endorfinas que tienen la lívido por las nubes. Vaya gran error el de la población mundial, ligar en las discotecas entre el humo y el ruido, cuando el lugar más propio seria la meta de una maratón.

A la mañana siguiente tal y como habíamos quedado la esperé en mi portal, aterido de frío, y aun somnoliento. Ella llevaba corriendo más de una hora ya, para compensar nuestra distinta preparación física.

Me gusta indagar en el carácter de las mujeres con las que me acuesto, y no hay mejor momento para ello que mientras haces el amor. Normalmente durante esos minutos son ellas mismas más que nunca, sin mascaras ni hipocresías. Si algo me había llamado la atención de la dulce Vanessa es que disfrutaba más de lo normal con un pequeño azote, o sintiendo como mis manos le imponían alguna postura. Sin decirle nada, el día anterior me había tomado la molestia de recorrer la ruta que íbamos a hacer y había descubierto una pequeña finca, que parecía abandonada.

De forma distraída conseguí encaminarla hacia allí y cuando la estábamos cruzando fingí que me daba un calambre. Ella se detuvo para ayudarme momento que aproveche para, desde una posición ventajosa pues de no ser así jamás habría logrado derribarla, la tire sobre la hierba por sorpresa. Le desgarre la ropa sin consideración mientras ella fingía oponerse. Sé que fingía porque cuando yo liberaba la presión con la que la sujetaba ella lejos de apartarme se acercaba a mi e intentaba hacer lo propio con mi camiseta.

Una vez conseguí desnudarla, y tenderla debajo de mi, la amenace con no darle la ropa que había escondido detrás de unos árboles sino hacia todo cuanto le pedía.

He de reconocer que fue uno de nuestros mejores polvos, que ella se dejo llevar admirablemente, y que me sorprendí a mi mismo por la rudeza con la que la trate en aquella ocasión, si bien no fue nada comparada con la que me suele exigir ahora cada vez que nos vemos, pues parece ser que ella misma no era consciente de que en realidad lo que había hecho aquel polvo brutal no había sido las endorfinas del correr sino el sentirse dominada, ella que siempre había intimidado a sus parejas, por aquel joven.

domingo, 27 de abril de 2008

La directora

En Oviedo las grandes empresas no abundan, esto es una ciudad pequeña, que gusta de un ritmo pausado. Aun así algunas hay, y en ellas trabajan mujeres con ansias, y deseos, en ocasiones mal satisfechas. Vicky, Victoria para sus subordinados, es una de esas mujeres. Durante años se ha forjado una impresionante carrera a base de esfuerzo y tesón, lo que por desgracia parece ser incompatible con una vida familiar. Ella siempre dice que no se ha arrodillado ante un hombre jamas, pero no lo dice con la autoridad de quien se reafirma en sus palabras, sino con la tibieza de quien empieza a creer que se ha equivocado de principios.
Durante algunos meses coincidimos en varias ocasiones, lo que no es sino un eufemismo para decir que fui reclamado por ella en varias ocasiones, siempre a la casa que la empresa había puesto a su disposición, pues ella, como yo, no es de aquí, si bien no parecía añorar su cosmopolita Barcelona.
La última vez que nos vimos fue en su despacho. Me sorprendió su llamada muy temprana, y me citó en su despacho con vistas al Parque San Francisco.
Acudí puntual a la cita y pude descubrir como era el sitio en el que trabajaba, y contemplar al fin como era físicamente la secretaria de Vicky, pues en más de una ocasión ella me había insinuado, en medio de una de nuestras fiestas de sexo a altas horas de la madrugada, que no le importaría hacer un trio con ella.
La joven, pues no podía haber superado la barrera de los veinticinco, no es especialmente alta si bien los zapatos de tacón le ayudan bastante a disimular, su cuerpo es proporcionado, sus curvas generosas pero sin excesos, de los que no soy partidario, su actitud desenvuelta y muy desenfadada, propia de alguien de su edad, de hecho se permitio mirarme de arriba a abajo sin ningún pudor, y he de reconocer que a pesar de estar acostumbrado a ello me sentí un poco intimidado.
Vicky tan pronto como supo que había llegado salió a buscarme, y me llevo hasta su despacho, dentro del cual cabría casi todo mi apartamento, y eso que mi apartamento no es uno de esos minipisos, no sin antes comunicarle a su secretaria que no nos molestasen, pues tenía que hacer una llamada importante, y tratar de algunos asuntos importantes conmigo.
Pensé que le había dicho aquello a su secretaria para darnos más tiempo de intimidad antes de que alguien se diese cuenta de lo que ocurría, por eso me extraño verla buscar entre sus papeles una gruesa agenda de tapas de piel.
"Cariño, ahora a que vas a ser bueno y vas a hacerme muy feliz, mientras trato de unos asuntos con un señor", fue la única indicación que me dio mientras tecleaba en su teléfono inalámbrico un número.
Dado que me costaba comprender lo que esperaba de mí tuvo que recurrir a los gestos, mientras comenzaba una conversación telefónica a la que, por aburrida, no presté mucha atención.
Se sentó en su sillón giratorio de piel, se subió la falda hasta el límite de sus posibilidades, y me enseñó que no llevaba nada debajo, salvo la mata espesa de vello rubio, que en más de una ocasión me había ofrecido a depilarle. Y con un gesto de su dedo me hizo comprender que mi sitio estaba entre sus piernas.
Así pues, mientras ella negociaba por el teléfono, yo deslizaba mis dedos, procurando que tuviesen el fino tacto de una pluma, por el tejido de sus medias hasta sus muslos.
En ese instante he de reconocer que tuve un pequeño brote de maldad, y se me ocurrió que tal vez lo que haría verdaderamente inolvidable aquella cita era lograr que ella tuviese que colgar el teléfono al no poder controlarse.
Así pues me puse a la tarea, deslizado mis labios por entre los suyos, haciéndole sentir el cosquilleo de mi aliento, mientras mis dedos la desprendían de su caros zapatos de firma. Al tiempo que lo hacia empecé a concentrarme en su rostro, pues no quería perderme su transición.
Al principio ella parecía completamente ajena a mis caricias, pero a medida que me iba concentrando más en su clítoris ya no fue capaz de hacerlo, incluso procuró ponerse cómoda, para lo cual optó por subir los pies sobre la mesa y colocarse lo más al borde posible del sillón.
Averiguar cuál es el ritmo indicado para cada mujer es algo que no le debe pasar inadvertido a quien, como yo, desea ser recordado como un gran amante. Uno debe concentrarse en los gestos, en los susurros, en los más mínimos detalles, pues las mujeres se delatan con facilidad cuando están disfrutando de verdad. Así por ejemplo yo sabía que lo que más le gusta a Vicky son mis dedos y la habilidad que estos tienen para encontrar esa pequeña rugosidad que oculta en su interior, la cual, bien estimulada la lleva siempre a un delirio que ella nunca antes había gustado de sentir con toda su intensidad, pues cuando yo insistía en llevarla hasta el final ella siempre me detenía afirmando que no iba a ser capaz de resistirlo.
Vicky, que es una mujer de un fuerte carácter, capaz de llegar siempre un poco más allá de lo que llegarían los demás, tan pronto como se dio cuenta de cuál era mi intención me dirigió una mirada cargada de odio, pero lejos de colgar el teléfono, y de echarme del despacho, prefirió darme a entender que ella podría más que yo, y que no iba a lograr mi cometido.
Para llevar a cabo esta practica es necesario estimular a conciencia el clítoris de la mujer pues cuando esté se dilata hace que esa pequeña rugosidad se vuelva perceptible, lo cual me obligaba a entretener mi lengua, durante unos minutos, en juguetear con la parte más externa de su feminidad.
Lentamente mi esfuerzo empezó a surtir efecto, pues cada vez le costaba más seguir la conversación, e incluso en una ocasión tuvo que tapar con la mano el auricular por el temor de que se le escapase algo. Sabiendo que lo estaba logrando, redoble mi ataque, introduciéndole dos dedos a la búsqueda del tesoro, mientras continuaba incansable satisfaciendola oralmente.
Unos segundos después supongo que dio por finalizada la conversación, pues pude percatarme de que el teléfono volaba por el despacho cayendo sobre el sofá.
Temí que como había ocurrido en otras ocasiones me detuviese, pero en esta ocasión una feliz coincidencia lo impidió, pues justo cuando ella estaba a punto de apartarme de su lado entró la secretaria, seguramente al haberse percatado del final de la conversación telefonica, pillándola totalmente desprevenida, y dandome los segundos precisos para terminar mi trabajo, que fue bien recompensado, pues pude comprobar en mi propio rostro que es cierto que algunas mujeres pueden llegar a correrse.

Al día siguiente la llamé a su despacho disimulando la voz para que su secretaria no me reconociese, y cual no sería mi sorpresa cuando la chica que me atendió el teléfono me comunico que tanto Vicky como su secretaria habían tenido que ausentarse unos días, pues pretendían controlar en situ el funcionamiento de algunas de las delegaciones de la empresa. Por desgracia no he vuelto a saber de ella, supongo que aun le dura la luna de miel.

viernes, 25 de abril de 2008

La recepcionista

En realidad no sé si lo es, pero algo me dice que sí, pues todos nuestros contactos sucedieron en una habitación de hotel que a ella le resultaba más que familiar, y siempre en el mismo pequeño hotel del centro de Oviedo.
Cualquier relación, incluso aquellas que no se basan en los sentimientos, acaban por volverse rutinarias, es una ley no escrita de las relaciones entre humanos. Quizás no nos vimos las suficientes veces para que eso ocurriese, o tal vez su forma de ser la hiciese la excepción a la norma, pero la rutina nunca se instaló en nuestra relación, y es por eso que ella es la dueña de mi primera entrada.
Cuando alguien me llama por primera vez la conversión suele desarrollarse con bastante frialdad, supongo que a causa de los nervios de algo nuevo, por el secretismo, por lo trasgresor de la situación, en este caso lo fue aún más.
"Habitación número ---, pica tres veces a la puerta y espera en el pasillo no menos de diez minutos, cuando entres no cambies nada de lo que veas, seguramente no tardaras en darte cuenta de lo que busco, por favor no cometas ningún error".
Durante las horas siguientes a su llamada me plantee en más de una ocasión si acudir a nuestra cita, y no porque sea un cobarde, sino por la sensación de que todo aquello podía ser la broma de mal gusto de una colegiala, pues aunque su voz había sonado autoritaria no podía ocultar que era bastante joven.
Superadas las dudas acudí al hotel a la hora convenida, y pique a la puerta tal y como me había pedido. No estábamos en temporada alta, y durante los diez minutos que permanecí en aquel pasillo no apareció nadie. Pasado el tiempo de espera impuesto entré en el cuarto, y he de reconocer que en aquel instante comprendí el porqué del tono de su llamada.
La habitación estaba en penumbra, pues uno de los cortinones dejaba pasar la suficiente luz (se me olvidaba comentar que la cita fue a las cinco de la tarde un viernes) para ver lo que ocurría dentro del cuarto. Sobre una de las sillas, la que aparecía colocada contra la mesa, descansaban varias prendas femeninas, mientras que la otra silla, separada de la que seria su posición correcta, me invitaba a depositar allí mis prendas. Me desvestí sin prisa procurando no silenciar ninguno de los ruidos propios de tal acto, y me fui a asear al cuarto de baño, no sin antes detenerme unos segundo ante la joven que, totalmente desnuda y con los ojos vendados, descansaba sobre la cama.
Decir que una persona es atractiva, guapa, fea, es algo terriblemente subjetivo, hay personas que sin ser especialmente bonitas resultan atractivas, y otras que son muy bellas pero que pueden no atraerte absolutamente nada. La chica, de unos treinta años, no será jamás miss universo, ni siquiera miss Asturias, ni falta que le hace, pero me resultaba atractiva, quizás más por la situación que había creado, que por su cuerpo. Supongo que no es necesario que diga en que consistía el juego, y que lo entendí tan pronto como entré en aquella habitación, pero lo que si diré es que procure atenerme a sus reglas.
Me senté en la cama, al borde de su cuerpo y pude ver que ella no se había dormido, pues movió las caderas como si, aburrida de esperar, buscase llamar mi atención hacia ellas. Nada más lejos de mi intención, empecé por besarle el cuello lentamente, deteniéndome en los pequeños lunares que recorrían su cuerpo, y poco a poco fui bajando por él, evitando deliberadamente aquellos puntos que supuse los más erogenos de su cuerpo. No hay una sola mujer en este mundo que no disfruté cuando se le hace eso.
Después me tendí sobre ella con delicadeza pues, aun estando en mi peso, y por nada del mundo quería provocar que dijese una sola palabra, y mucho menos una queja.
Tendido sobre ella la besé solo una vez, pues aunque compartimos muchos besos, todos salvo el primero fue ella quien los dio.
Calmada al fin su boca, me tumbe de nuevo a su lado, si bien en el sentido contrario, pues de esa forma pude alcanzar con mi boca su sexo lampiño.
Cuando se dio cuenta de cuál era mi intención me abrió el camino, ofreciéndome una invitación que yo a esas alturas ya no necesitaba.
Durante casi una hora estuvimos embarcados en una feroz batalla librada en silencio y que no voy a resumir con palabras, pues no creo que los jadeos que escucharon aquellas paredes tengan traducción al lenguaje de los mortales.
Me fui del cuarto sin quitarle la venda, respetando su fantasía, dejando la habitación tal y como estaba cuando entré, a excepción de la cama, donde, entre las sabanas revueltas, soñaba la joven.