No me tengo por un gran deportista, pues no lo soy. Disfruto como todo el mundo con un paseo por el campo, o incluso, a veces, me entretiene el encerrarme algunas horas en el gimnasio. Ahora bien eso de hacer algo de forma monótona, un día y otro, no va conmigo, es más, si no fuese porque este diario fue escrito hace meses, seguramente no me atrevería a intentar el esfuerzo de sacarlo adelante con cierta frecuencia. Qué no se me entienda mal, admiro a quienes tienen esa fuerza de voluntad, como Vanessa. Ella se levanta todas las mañanas a las cinco para salir a correr por los alrededores de Oviedo, da igual que llueva o incluso que nieve, su devoción por el deporte es encomiable. Hace unos días, mientras compartíamos confidencias entre las sabanas de su enorme cama, proporcionada a su propietaria, pues ella mide casi uno noventa, me comentó que cuando era joven, y competía de forma profesional conoció a un joven que compartía su afición por el atletismo. Al parecer una mañana salieron a correr más temprano de lo habitual, y por algún motivo que no me quiso explicar se estableció entre ellos un pique, lo que les requirió un esfuerzo físico muy superior al habitual. Parece ser que después de la carrera, en medio del campo, disfrutaron de un polvo bestial del que todavía guarda un gratísimo recuerdo, tanto que se ha convertido en una especie de frustración personal pues no ha logrado engatusar a nadie para repetir semejante hazaña. Como ya he dicho por adelantado no soy un atleta, me mantengo en un nivel saludable pero no me considero un deportista, aun así, como creo haber dejado patente en alguna ocasión jamás me he arrugado ante un reto, así pues decidí aceptar su ofrecimiento, pues aquella conversación no era sino eso un ofrecimiento, para alcanzar de nuevo "el orgasmo bestial", como gusta de calificarlo.
Después de haber aceptado me metí un rato en Internet para averiguar si lo que ella decía podía ser verdad, y descubrí que muchos deportistas habituales han hecho mención a esa situación, parece ser que al acabar una carrera están tan llenos de endorfinas que tienen la lívido por las nubes. Vaya gran error el de la población mundial, ligar en las discotecas entre el humo y el ruido, cuando el lugar más propio seria la meta de una maratón.
A la mañana siguiente tal y como habíamos quedado la esperé en mi portal, aterido de frío, y aun somnoliento. Ella llevaba corriendo más de una hora ya, para compensar nuestra distinta preparación física.
Me gusta indagar en el carácter de las mujeres con las que me acuesto, y no hay mejor momento para ello que mientras haces el amor. Normalmente durante esos minutos son ellas mismas más que nunca, sin mascaras ni hipocresías. Si algo me había llamado la atención de la dulce Vanessa es que disfrutaba más de lo normal con un pequeño azote, o sintiendo como mis manos le imponían alguna postura. Sin decirle nada, el día anterior me había tomado la molestia de recorrer la ruta que íbamos a hacer y había descubierto una pequeña finca, que parecía abandonada.
De forma distraída conseguí encaminarla hacia allí y cuando la estábamos cruzando fingí que me daba un calambre. Ella se detuvo para ayudarme momento que aproveche para, desde una posición ventajosa pues de no ser así jamás habría logrado derribarla, la tire sobre la hierba por sorpresa. Le desgarre la ropa sin consideración mientras ella fingía oponerse. Sé que fingía porque cuando yo liberaba la presión con la que la sujetaba ella lejos de apartarme se acercaba a mi e intentaba hacer lo propio con mi camiseta.
Una vez conseguí desnudarla, y tenderla debajo de mi, la amenace con no darle la ropa que había escondido detrás de unos árboles sino hacia todo cuanto le pedía.
He de reconocer que fue uno de nuestros mejores polvos, que ella se dejo llevar admirablemente, y que me sorprendí a mi mismo por la rudeza con la que la trate en aquella ocasión, si bien no fue nada comparada con la que me suele exigir ahora cada vez que nos vemos, pues parece ser que ella misma no era consciente de que en realidad lo que había hecho aquel polvo brutal no había sido las endorfinas del correr sino el sentirse dominada, ella que siempre había intimidado a sus parejas, por aquel joven.