viernes, 25 de abril de 2008

La recepcionista

En realidad no sé si lo es, pero algo me dice que sí, pues todos nuestros contactos sucedieron en una habitación de hotel que a ella le resultaba más que familiar, y siempre en el mismo pequeño hotel del centro de Oviedo.
Cualquier relación, incluso aquellas que no se basan en los sentimientos, acaban por volverse rutinarias, es una ley no escrita de las relaciones entre humanos. Quizás no nos vimos las suficientes veces para que eso ocurriese, o tal vez su forma de ser la hiciese la excepción a la norma, pero la rutina nunca se instaló en nuestra relación, y es por eso que ella es la dueña de mi primera entrada.
Cuando alguien me llama por primera vez la conversión suele desarrollarse con bastante frialdad, supongo que a causa de los nervios de algo nuevo, por el secretismo, por lo trasgresor de la situación, en este caso lo fue aún más.
"Habitación número ---, pica tres veces a la puerta y espera en el pasillo no menos de diez minutos, cuando entres no cambies nada de lo que veas, seguramente no tardaras en darte cuenta de lo que busco, por favor no cometas ningún error".
Durante las horas siguientes a su llamada me plantee en más de una ocasión si acudir a nuestra cita, y no porque sea un cobarde, sino por la sensación de que todo aquello podía ser la broma de mal gusto de una colegiala, pues aunque su voz había sonado autoritaria no podía ocultar que era bastante joven.
Superadas las dudas acudí al hotel a la hora convenida, y pique a la puerta tal y como me había pedido. No estábamos en temporada alta, y durante los diez minutos que permanecí en aquel pasillo no apareció nadie. Pasado el tiempo de espera impuesto entré en el cuarto, y he de reconocer que en aquel instante comprendí el porqué del tono de su llamada.
La habitación estaba en penumbra, pues uno de los cortinones dejaba pasar la suficiente luz (se me olvidaba comentar que la cita fue a las cinco de la tarde un viernes) para ver lo que ocurría dentro del cuarto. Sobre una de las sillas, la que aparecía colocada contra la mesa, descansaban varias prendas femeninas, mientras que la otra silla, separada de la que seria su posición correcta, me invitaba a depositar allí mis prendas. Me desvestí sin prisa procurando no silenciar ninguno de los ruidos propios de tal acto, y me fui a asear al cuarto de baño, no sin antes detenerme unos segundo ante la joven que, totalmente desnuda y con los ojos vendados, descansaba sobre la cama.
Decir que una persona es atractiva, guapa, fea, es algo terriblemente subjetivo, hay personas que sin ser especialmente bonitas resultan atractivas, y otras que son muy bellas pero que pueden no atraerte absolutamente nada. La chica, de unos treinta años, no será jamás miss universo, ni siquiera miss Asturias, ni falta que le hace, pero me resultaba atractiva, quizás más por la situación que había creado, que por su cuerpo. Supongo que no es necesario que diga en que consistía el juego, y que lo entendí tan pronto como entré en aquella habitación, pero lo que si diré es que procure atenerme a sus reglas.
Me senté en la cama, al borde de su cuerpo y pude ver que ella no se había dormido, pues movió las caderas como si, aburrida de esperar, buscase llamar mi atención hacia ellas. Nada más lejos de mi intención, empecé por besarle el cuello lentamente, deteniéndome en los pequeños lunares que recorrían su cuerpo, y poco a poco fui bajando por él, evitando deliberadamente aquellos puntos que supuse los más erogenos de su cuerpo. No hay una sola mujer en este mundo que no disfruté cuando se le hace eso.
Después me tendí sobre ella con delicadeza pues, aun estando en mi peso, y por nada del mundo quería provocar que dijese una sola palabra, y mucho menos una queja.
Tendido sobre ella la besé solo una vez, pues aunque compartimos muchos besos, todos salvo el primero fue ella quien los dio.
Calmada al fin su boca, me tumbe de nuevo a su lado, si bien en el sentido contrario, pues de esa forma pude alcanzar con mi boca su sexo lampiño.
Cuando se dio cuenta de cuál era mi intención me abrió el camino, ofreciéndome una invitación que yo a esas alturas ya no necesitaba.
Durante casi una hora estuvimos embarcados en una feroz batalla librada en silencio y que no voy a resumir con palabras, pues no creo que los jadeos que escucharon aquellas paredes tengan traducción al lenguaje de los mortales.
Me fui del cuarto sin quitarle la venda, respetando su fantasía, dejando la habitación tal y como estaba cuando entré, a excepción de la cama, donde, entre las sabanas revueltas, soñaba la joven.

No hay comentarios: